En Cataluña, esta huella es especialmente relevante en las iglesias de Vall de Boí, declaradas patrimonio de la humanidad, con sus frescos y campanarios románicos de los siglos xi y xii, o en el monasterio de Sant Cugat, fundado en el siglo ix, que atestiguan el profundo arraigo del cristianismo en aquella época. Desde los tiempos carolingios, cuando la Marca Hispánica se configuró como baluarte cristiano frente al Islam, el cristianismo impregnó la vida catalana, tal y como lo evidencian los textos litúrgicos conservados. Más tarde, en el siglo xiii, la orden del Císter, con fundaciones como Poblet, consolidó esta influencia, fusionando espiritualidad y desarrollo cultural.
Esta influencia se mantiene en épocas posteriores: en 1792, el obispo de Vic otorgó una licencia a Antoni Magnial, presbítero de Montagut (obispado de Albi), por decir misa y confesar clérigos franceses exiliados a raíz de la Revolución francesa, un ejemplo de solidaridad cristiana transnacional en tiempos de crisis.
Esta influencia se mantiene en épocas posteriores: en 1792, el obispo de Vic otorgó una licencia a Antoni Magnial, presbítero de Montagut (obispado de Albi), por decir misa y confesar clérigos franceses exiliados a raíz de la Revolución francesa, un ejemplo de solidaridad cristiana transnacional en tiempos de crisis.

