Los pergaminos como la bula papal de la imagen se validaban con sellos de cera o plomo —como este—, que acreditaban el origen y la importancia en cuanto que documento oficial. Estos sellos, con emblemas o escudos, eran un signo de poder y, a la vez, de autenticidad.
La fabricación de pergaminos era un proceso laborioso que implicaba limpiar, pulir y secar pieles animales durante semanas. Este método artesanal garantizaba una superficie lisa y duradera, ideal para la escritura de textos llamados a tener un gran valor documental.
Algunos pergaminos se reutilizaban, tras borrar los textos antiguos que contenían, para escribir nuevos. Son los llamados palimpsestos. Esta práctica de reutilización de pergaminos era muy común para ahorrar recursos, aunque no era habitual en documentos de la importancia de esta bula de Benedicto XIV.
Los monasterios catalanes guardaban pergaminos en relación con todo tipo de donaciones, privilegios y pactos con el papa, la monarquía o la nobleza. Estos documentos eran esenciales para gestionar tierras y derechos, y en la actualidad son una fuente clave para entender la organización social y económica de la Cataluña medieval.
La vitela, hecha de piel de ternera, era más fina y rara que el pergamino común. Se reservaba para manuscritos iluminados y documentos de gran valor, como es el caso de esta unión entre el priorato de Sant Genís de Bellera y el monasterio de Lavaix, que destaca por su calidad y belleza excepcionales.

